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Estimbióticos: aprovechar la fibra para sostener la salud intestinal en avicultura
La eficiencia productiva en avicultura ya no se explica solo por la genética, la formulación o el manejo: buena parte se define dentro del intestino, donde convergen la nutrición, la microbiología y la inmunidad. Se estima que alrededor del 70% del sistema inmune se localiza en el tracto gastrointestinal, y la microbiota que lo habita moldea directamente la respuesta inmune del ave mientras cumple sus funciones de digestión y absorción.
Ese equilibrio es frágil. El retiro de los antibióticos promotores de crecimiento eliminó una herramienta que controlaba a las bacterias oportunistas, y la variabilidad de las materias primas, los factores antinutricionales y las micotoxinas lo desestabilizan aún más. El resultado es una cascada indeseable: baja la digestibilidad, aumenta la fermentación proteica, se altera la mucosa y el sistema inmune consume energía y aminoácidos que debían convertirse en carne o huevo.
Repensar la fibra
Durante años la fibra se evaluó solo desde el ave y se la trató como factor antinutricional, ignorando que dentro del intestino existe otro órgano metabólico: la microbiota. El ave produce muy pocas enzimas para degradar polisacáridos estructurales, pero muchas bacterias intestinales sí pueden hacerlo. Cuando ciertas fracciones de fibra llegan al ciego, se fermentan y generan ácidos grasos de cadena corta —acetato, propionato y butirato—. El butirato, en particular, es el principal combustible de los enterocitos, fortalece las uniones estrechas de la mucosa y reduce la inflamación. La clave, entonces, no es eliminar la fibra, sino gestionar estratégicamente la fracción que favorece una fermentación beneficiosa.
Qué es un estimbiótico
A diferencia de un prebiótico clásico, que alimenta a las bacterias en dosis altas, el estimbiótico actúa con dosis bajas y las estimula: incrementa la actividad de las bacterias fibrolíticas, la expresión de enzimas microbianas y el aprovechamiento de los polisacáridos que ya están en la dieta. En lugar de aportar más alimento, potencia el trabajo sobre la fibra existente. Muchas formulaciones suman un efecto dual (por ejemplo, xilanasa más oligosacáridos), lo que permite reemplazar otras carbohidrasas o prebióticos y simplificar el programa de aditivos.
Resultados y consideraciones
En términos productivos, el parámetro más beneficiado suele ser el índice de conversión, junto con mejoras en pigmentación y calidad de cama. Frente a retos como la coccidiosis o la enteritis necrótica subclínica no sustituyen a una vacuna, pero aumentan la resiliencia del ave. Los mejores escenarios son aquellos con disbiosis o dentro de programas de reducción de antibióticos.
Aun así, ninguna herramienta reemplaza las buenas prácticas: bioseguridad, vacunación, calidad del agua y manejo siguen siendo la base. Conviene no sobrecargar la dieta con aditivos de función superpuesta, y validar el resultado no solo con parámetros productivos, sino también con el seguimiento del microbioma, que en pollo de engorda suele requerir unas tres semanas para reflejar el cambio.
En definitiva, los estimbióticos proponen un cambio de enfoque: en lugar de combatir la fibra, aprovecharla; en lugar de alimentar a la microbiota, estimularla. Bien implementados, son una herramienta valiosa para sostener la salud intestinal y la productividad en la avicultura moderna.
Conecta con la invitada
Karina Gaviña es Médica Veterinaria Zootecnista por la UNAM, con Maestría en Microbiología e Inmunología. Más de 8 años en laboratorios de diagnóstico privados y oficiales, investigadora en variación antigénica de influenza aviar (H5N2 y H7N3), y actualmente cursando una especialidad en producción animal avícola. Hoy es Técnica en aves en Tryadd México.
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