AviPodcast #101 – De la fórmula al resultado: La nutrición como sistema integrado – Dr. Gerardo Morantes

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El espejismo del papel

En nutrición animal existe una tentación persistente: creer que el trabajo termina cuando la fórmula cierra en el programa de formulación. La matriz cuadra, los aminoácidos digestibles aparecen con cuatro decimales y el costo por tonelada queda optimizado. Sobre el papel, la dieta es impecable. El problema es que el animal no come papel: come el alimento que efectivamente salió de la planta y llegó al comedero. Y entre una cosa y la otra hay un universo de variabilidad que rara vez se incorpora al modelo.

Esa brecha —entre la dieta diseñada y la dieta fabricada y consumida— es el verdadero campo de batalla de la nutrición moderna. Cerrarla no depende de un decimal más en la matriz, sino de entender que la formulación es apenas el primer eslabón de un sistema que va desde el proveedor de la materia prima hasta el intestino del ave.

El costo vive en los ingredientes y los ingredientes son variables

Cerca del 80% del costo de una dieta está en los ingredientes. Si la mayor parte del dinero se juega en la materia prima, la mayor parte del riesgo también. Y aquí aparece la primera fuente de variabilidad, la más subestimada: ningún ingrediente es consistentemente igual a sí mismo.

Los ingredientes son entes biológicos, con una distribución propia —media, desviación estándar y valores extremos—. El clima, el origen geográfico y las condiciones de cosecha y almacenamiento modifican composición y perfil de aminoácidos de un lote a otro. Formular con un valor único de tabla, congelado y antiguo, equivale a diseñar sobre una materia prima que ya no existe. El antídoto es disciplinado: una base de datos viva, bien muestreada y depurada con regularidad, con protocolos representativos y una elección consciente entre química húmeda y métodos rápidos (NIR). Sin integridad en el dato de entrada, toda la precisión posterior es ficticia.

La planta agrega su propia varianza

Aun con el ingrediente resuelto, la dieta diseñada no es necesariamente la que se fabrica. El recorrido dentro de la planta —recepción, molienda, bacheo, mezclado, acondicionamiento, peletizado, transporte— está poblado de sistemas con tolerancias propias. Las balanzas de macros tienen un margen; las de micros, otro; el bacheo, otro más. Cada error tiene signo y magnitud, y todos se acumulan hasta el producto terminado.

La edad y la arquitectura de la planta importan: una fábrica de cincuenta años no entrega el mismo coeficiente de variación que una de cinco. La pregunta crítica es si esas tolerancias reales —medidas, no supuestas— están cargadas en el sistema de formulación. Si no lo están, la matriz describe una dieta que la planta no puede reproducir consistentemente.

Formular con variabilidad: ¿el 85% o el 100% del tiempo?

Cuando la variabilidad del ingrediente y la de la planta se suman, la formulación deja de ser determinista y se vuelve probabilística. La pregunta correcta no es «¿cumple mi fórmula el requerimiento?», sino «¿qué proporción del tiempo lo cumple?».

Formular para satisfacer el requerimiento el 85% del tiempo no es lo mismo que hacerlo el 100%, y la diferencia es una decisión técnica y económica deliberada. Trabajar con la media corregida por la desviación esperada del sistema completo es lo que separa una formulación robusta de una optimista. Hacerlo de forma consciente y cuantificada es la diferencia entre gestionar el riesgo y adivinarlo.

Validar en condiciones reales

Buena parte de la información que sustenta nuestras decisiones —tablas, respuestas a aditivos, nuevas prácticas— proviene de estudios controlados con réplicas limitadas, que rara vez replican la dinámica de una planta que fabrica cientos de toneladas por día. El resultado conocido es que lo que en el papel debía ser una mejora, en la operación comercial se diluye o desaparece.

Por eso la validación comercial es tan importante como la formulación. Las empresas integradas tienen ventaja —granjas de investigación o grupos control con animales comerciales—; las no integradas pueden establecer acuerdos con productores clave para evaluar de manera controlada el retorno real de cada cambio antes de generalizarlo.

El sistema no termina en el comedero

Hay variables que la fórmula no controla y que definen el resultado. La genética avanza: las líneas comerciales de hoy no tienen los mismos requerimientos que las de hace veinte años, y la formulación debe evolucionar con ellas. La salud animal, ligada al manejo en granja, condiciona cuánto de lo formulado se traduce en desempeño. Y existe un eslabón final que ningún programa resuelve por sí solo: la integridad y la permeabilidad intestinal. El conocimiento de los ingredientes y de la planta todavía tiene que enfrentarse a un intestino que funcione como debe.

Datos, herramientas y el factor humano

La telemetría, las básculas que comparan el crecimiento real contra la curva genética y la inteligencia artificial ofrecen palancas notables. Pero ninguna sustituye el requisito de base: la integridad del dato. Un modelo solo puede ser tan bueno como los datos que lo alimentan, y garantizar que reflejen la materia prima, los procesos y los resultados sigue siendo responsabilidad del equipo técnico. De ahí el perfil que exige la nueva generación: un nutricionista con formación amplia en tecnología de producción y manejo de datos, capaz de moverse entre la matriz, la planta y la granja.

Por encima de la técnica hay un factor que decide si el sistema funciona: la comunicación. Históricamente ha existido fricción entre nutrición y producción, pero lo que en formulación parece una oportunidad puede volverse un dolor de cabeza en producción, y viceversa. El liderazgo y el trabajo en equipo son, aquí, requisitos técnicos de primer orden.

Conclusión: reconocer para controlar

Formular es solo el principio. El resultado en la granja depende de un sistema donde se acumulan la variabilidad del ingrediente, las tolerancias de la planta, la validez de la evaluación comercial, la genética, la salud intestinal y la integridad de los datos. No es un problema de un decimal; es un problema de sistema.

Si hay un principio que ordena todo lo anterior, es este: la variabilidad está presente en todo lo que hacemos, y lo que no se entiende ni se detecta no se puede controlar. Reconocerla —medirla, cargarla en el modelo, gestionarla con margen— es la diferencia entre una fórmula que se ve bien en la pantalla y un resultado que se sostiene en la granja.

Conoce al invitado

PhD en Nutrición Animal y graduado de la Academia Suiza de Feed Milling (Bühler). A lo largo de 39 años desarrolló su carrera en corporaciones líderes de la industria —Purina, Continental Grain, Cargill y Bühler—, abarcando nutrición animal (técnica y operaciones), manejo y conservación de granos, procesamiento de oleaginosas, inocuidad alimentaria y asuntos regulatorios. Hoy lidera su propia firma de consultoría, enfocada en nutrición, calidad e inocuidad de alimentos para animales y mascotas.

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